Compañero

Estos días el dolor me mira a los ojos y me veo en ellos conocida, me abraza y me dejo por sus brazos que suenan a canciones en septiembre y saben a agua salada. Me arrulla en susurros y me dejo porque no sé otra cosa que la piel de gallina a las dos de la mañana, me tranquiliza agarrarme a él porque es familiar y por lo menos no estoy tan perdida.
 Parece que me quiere aunque sé que se alimenta de mi y le sonrío con los ojos cansados de varios días, le explico "sabes que no estoy en mi mejor momento" y lo sabe porque de eso crece, parece comprensión y a estas alturas me vale. Le dejo tomar el mando porque estoy cansada, lo sabe y me deja descansar, se coloca por encima como una manta y con su peso me calienta y me inmoviliza pero ya no me  molesta, porque igualmente no se donde ir. "Pero te vas a quedar, ¿verdad? " le pregunto mientras me lame las heridas. 
Me duele la cabeza y me acuerdo de cuando parecía que vivía de verdad, me sonrío. Ahora solo llueve aquí dentro pero no me importa, sigo cansada y el agua de lluvia me sabe dulce cuando me roza porque conozco a cada gota y ellas me conocen a mi y se deslizan por mi cuerpo y me quitan el polvo del camino y el sudor del trabajo. Todavía tengo la esperanza de que con el agua me crezcan margaritas. 
Ya es de noche y ahora me acaricia el pelo y yo le riego con el agua que me inunda, le canto desde el alma y canta conmigo hasta que me duermo en el azul satin que  se refleja en las paredes y en el relieve que mis vértebras marcan en mi espalda. Le leo sobre la aurora y cee mis palabras. Me escucha y asiente cuando le hablo de jacintos hasta que caigo rendida durmiendo entre sus vértices dando las gracias. 

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